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Trabajar sin sufrir

Trabajar sin sufrir

Resumen Ejecutivo

Trabajar sin sufrir

Cómo solucionar conflictos con una empresa, jefe o compañero que nos esté amargando la vida

María Jesús Álava Reyes

Introducción

Si cuenta las horas en que está usted despierto durante el día y suma cuántas de ellas dedica al trabajo y a las actividades relacionadas con él (como el transporte que utiliza, las reuniones extra o los encuentros profesionales), seguramente comprobará que, como muchas otras personas, dedica usted unas dos terceras partes de su tiempo a trabajar. Por lo tanto, si su trabajo es para usted una agonía o si sus relaciones con la empresa, con el jefe o con los compañeros lo atormentan y martirizan, no sería descabellado pensar que la balanza de su vida se inclina hacia el sufrimiento.

Numerosas personas acuden al consultorio de la doctora Álava porque esa situación las ha desbordado. En general, llegan con la idea fija de que van a dejar su trabajo, y buscan legitimar esa decisión ante sus familiares y ante sí mismos utilizando la consulta psicológica como una coartada para justificar sus propósitos. En ese impulso, movidos por la pasión y la desesperanza, olvidan que el valor de un trabajador en el mercado laboral disminuye inmediatamente al encontrarse desempleado.

Sin embargo, cuando estas personas ahondan un poco en sus circunstancias y hacen una observación detallada e imparcial de lo que les sucede, perciben que la causa de sus padecimientos no está en lo que les sucede, en el trato que reciben de los otros ni en las tremendas injusticias de las que se dicen víctimas, sino en la percepción subjetiva que ellos tienen de esos hechos.

Al hacer un registro de sus pensamientos diarios, se sorprenden al ver la contundencia y la frecuencia con que se atacan a sí mismos. Pero quizás se sorprenden más al comprender que los pensamientos son anteriores a la emoción, así que lo que define que ellos se sientan bien o mal no radica en lo que les sucede, sino en la forma en que perciben lo que creen que les sucede.

A continuación se recogen varios testimonios de hombres y mujeres que se creían desbordados por situaciones catastróficas derivadas de su trabajo y la forma en que se enfrentaron a cada situación mediante la inteligencia emocional. Este conjunto de evidencias prácticas corroboran que toda situación difícil es superable y que, al resolverla, no sólo se disipa el malestar inmediato, sino que se adquieren las herramientas para disfrutar el trabajo y tener una vida satisfactoria.

Cuando el jefe es el enemigo

Seguro que también usted ha padecido un mal jefe en algún momento de su vida profesional. No es de extrañar que así sea porque, si lo piensa un poco, las personas que ocupan cargos de dirección pueden tener una excelente formación en cuestiones económicas o administrativas, pero rara vez habrán recibido algún tipo de enseñanza sobre cómo tratar con las personas a su cargo. Eso explica la frecuencia con que encontramos jefes en distintos ámbitos profesionales que no resaltan precisamente por su trato amable y respetuoso con los demás.

Una persona arbitraria y mezquina es capaz de humillar profundamente a sus subalternos, puede inducirlos a cometer errores, debilitarlos, desprestigiarlos y, en términos generales, puede llegar a arruinar sus vidas por completo. Para quienes no encuentran la forma de saber sobrellevarlo, un mal jefe puede constituir una pesadilla que va mucho más allá de los muros de la empresa. Si miramos a nuestro alrededor, encontraremos innumerables testimonios que dan cuenta del alcance insospechado de esta influencia negativa en la vida de las personas.

Pero no todos caen. Aquellos que han logrado un alto nivel de equilibrio emocional y son capaces de tomar distancia, pueden poner una pared entre los comportamientos despóticos de sus jefes y sus propias emociones, lo cual les permite salir ilesos de una relación potencialmente fatal. Y si bien el hecho de tener un jefe detestable nunca dejará de ser una incomodidad, por lo menos podrán seguir con su trabajo y con su vida sin que esto les signifique una hecatombe. A fin de cuentas, existe el consuelo de que los jefes jamás son para siempre.

Alejandro era un trabajador encomiable, cuya perseverancia y temple le habían procurado una brillante experiencia en su rama y, gracias a sus habilidades personales, lograba sobresalir en el trabajo, a pesar de no haber estudiado una carrera universitaria. Consciente de su valía, un antiguo jefe que había pasado a ocupar un alto cargo en otra empresa lo invitó a trabajar en ella.

Alejandro aceptó gustoso el empleo, que además de resultarle atractivo le significaba un incremento salarial considerable, y se incorporó a la nueva empresa encontrando que su superior directo no sería su anterior jefe, sino un supervisor que se ubicaría entre ambos. Y ahí empezaron los problemas que llevaron a Alejandro a la desesperación absoluta, a plantearse la opción de renunciar y a buscar alguna asesoría profesional que le procurase algún tipo de orientación.

Desde su incorporación, aquel supervisor no dejaba de hacerle la vida imposible, desvalorizando su trabajo, desprestigiándolo ante los demás y menospreciándolo 

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